Cinturón blanco

 
Por Antonio Zamora Sierra
 
 
CINTURÓN BLANCO
 
 

Estaba recuperándome de los efectos de un tratamiento de choque para curar una enfermedad grave. Ya se sabe, operaciones agresivas, aplicación de radioterapias, medicaciones fuertes…

Aunque mi estado psicológico era aceptablemente bueno, mi estado físico había quedado en una situación un tanto lamentable: hinchado, con tendencia a la fatiga, débil, torpe, las articulaciones rígidas y pesadas, etc.

Mis médicos me plantearon la necesidad de llevar a cabo algún ejercicio físico y, como trabajaba durante todo el día, me convencí de que la mejor solución era buscar algún gimnasio cerca de casa, que tuviera aparatos de musculación y un horario adaptable a mis necesidades.

Así, entré en contacto con Zanshin. Me informaron que estaban especializados en la enseñanza del Kárate, si bien contaban con clases alternativas de aerobic, danza, etc.

 


Los primeros tiempos fueron difíciles


 

No muy convencido y a la vista de las que entonces me parecieron escasas opciones, decidí probar. Hablé con J. A. Quirós y, de ese modo casual, inicié, a los treinta y dos años, mi aventura como cinturón blanco.

Por no faltar a la verdad, hay que decir que los primeros tiempos fueron difíciles y no sólo porque el cuerpo, deshabituado al esfuerzo, al estiramiento y a la autoestima, no acertaba a dar con la fórmula mágica que hiciera posible su ubicación certera en el tatami, su movimiento exacto y armonioso, su conexión con el entorno sudoroso y hostil sino porque, a estas alturas de mi existencia, escuchar con atención el contenido filosófico de las artes marciales, me retrotraía a momentos remotos de una adolescencia algo crédula e insulsa. Además, el cinturón blanco de cierta edad, más que ser convencido, necesita comprender por sí mismo la utilidad de las cosas.

En los comienzos y, como es lógico, nadie me prestaba la menor atención. Debía aprender a través de la imitación de los otros. El resultado frente al inmenso espejo acusador, dejaba mucho que desear.

Cuando llevaba un par de meses intentándolo, llegué a la conclusión de que aquel montaje era una tomadura de pelo. Me equivocaba. Había empezado a sentirme más ágil, los brazos y, sobre todo, las piernas, respondían a la voluntad de mi cerebro de una manera más rápida y acorde, el sentimiento de ansiedad que me acompañase tras los peores meses de la enfermedad remitía lentamente y dormía mucho mejor. El problema, descubrí finalmente, era mi impaciencia. No tenía derecho a prejuzgar unos principios que no conocía solo porque me sentía ridículo frente a chavales de dieciséis años capaces de levantar la pierna mil veces más alto que yo.

Aquello suponía la traducción a nuestra vida cotidiana de un cuerpo de conocimientos milenarios, transmitido de generación en generación por los diferentes maestros desde una antigüedad remota. Si quería evolucionar en las técnicas, no tenía más remedio que conocer su sentido y, con ello, el de la inevitable tensión entre la fuerza de los otros, la mía, yo mismo y las relaciones entre todas ellas.

De esta manera el Karate fue convirtiéndose en una obligada referencia para todas las reflexiones importantes. También me servía -me sirve ahora- como termómetro interior, ayudándome, a través de su ejercicio, a conocer el estado de mi salud física y psíquica y avisándome de cualquier desequilibrio.

 


El problema, descubrí finalmente, era mi impaciencia


 

La primavera de aquel año estaba bien entrada. Llevaba cierto tiempo mirando el tablón de anuncios del gimnasio, cierto papel. En el se recogía una lista de colores y tiempos, que provocaban conjeturas. Por ejemplo: “el tiempo (meses) multiplicado por el esfuerzo debería resultar un tipo de color”. Y que si se proyectaban en el tiempo, a modo de series, los colores se iban oscureciendo: blanco, amarillo, naranja…

Estaba equivocado de medio a medio. Como expresión matemática era fácil de resolver, pero si añadíamos ciertas variables tales como: Concentración, Respiración Abdominal, “MAE”, “MAWASHI”, “YODAN”, etc.; es decir: un lenguaje propio, una disciplina, características gremiales, que se juegan en un exámen, el resultado de aquella operación no era tan cierto.

Por otro lado, pensaba que había llegado el momento de evaluar el “tiempo” por el “esfuerzo”.

La última vez que me sometí a una prueba evaluatoria fue en un ejercicio de oposición. Creía que los nervios, la vergüenza al ridículo; en fin, todas aquellas sensaciones, que una y otra vez, había vivido no me afectarían.

“Comienza el KATA…” -“Tema X. Las teorías económicas de…-. Una detrás de otra se sucedían aquellas sensaciones, perfectamente en su orden y guardando riguroso turno, iban apareciendo a medida que se iban agolpando en los músculos los “sokuto”, “suki”, y demás términos. La respiración jadeante, las extremidades agarrotadas y, al final, la incógnita se despejó: el “OBI” cambiaría de color.

 


Empezaba a despuntar un soporte cultural que seguro exigiría un espacio en mis inquietudes


 

 

La PRUEBA había desvelado que, no solamente la fuerza y la experiencia en los exámenes, eran suficientes para acceder al siguiente escalón del gremio. Detrás del “amarilleo” del cinturón empezaba a despuntar un soporte cultural que seguro exigiría un espacio en mis inquietudes.

Tiempo, esfuerzo, color, había que vincularlo con “KI” y con “KIAI”; las doctrinas del “HARA” con la inhibición del adversario, conseguir neutralizar el espíritu.

Había tema para rato.